|
||||||||
LÍNEA DIRECTA por José Mastandrea
Señor... pase por acá. ¿Se acuerda que el otro día lo atendí yo y ganó Uruguay? No vamos a romper la cábala ¿no?". Sonreí, cambié de fila y le hice el gusto a la cajera.
"Si mi hijo se saca la camiseta... lo reto", dijo un compañero. Al botija lo vestía igual cada vez que jugaba Uruguay. No importaba si hacía frío o calor. La celeste tenía que estar reluciente.
"Vos sentante acá, vos estabas más atrás y acordate que el `flaco` se sentaba siempre en la silla azul", se acomodó la barra en el club.
Todos respetaron sus lugares en silencio. La cábala había funcionado siempre.
"Che... ¿otra vez con la bufanda de Uruguay?", preguntó un guardia de seguridad a uno de los empleados del banco. El hombre besó la bufanda y le sonrió: "esta no falla nunca", agregó.
"No me llamen a la oficina porque no voy a estar... desde el debut con Francia hago lo mismo: me voy a casa y miro el partido con los nenes. Cualquier cosa llamen al celular ¡pero después que termine el partido!", comentó a los gritos un abogado a sus colegas mientras bajaba las escaleras de un juzgado.
¿Estoy loco? Me pregunté. No me había dado cuenta y yo también tenía una cábala que repetía los días que jugaba Uruguay. Llegaba a la parada del ómnibus en hora, pero no tomaba el primero que pasaba, lo dejaba ir, y subía en el segundo, quince minutos más tarde.
Tenía la misma rutina y confieso que no me costaba repetirla. Al contrario. Me sentaba en una de las filas de atrás y siempre elegía el mismo lugar. Al lado de una rubia infartante. Perdió Uruguay. Pero yo sigo con la cábala todos los días.
Ovación digital
| « volver |