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EL ANÁLISIS por Jorge Savia
A todos nos gustaría haber sido como los hermanos Lazaroff, que con la barra de chiquilines del barrio hicieron un cuadro, le pidieron a la madre de uno de ellos que les cosiera una banda de tela negra sobre camisetas blancas, y con los años ese "cuadrito" de botijas llegó a Primera División, fue campeón uruguayo y hasta llegó a jugar una semifinal de la Libertadores: Danubio.
Más que legítimo, es comprensible; sólo que no parece justo que ese gusto, cuando ya los botijas se hicieron hombres, lo tengan que pagar otros: empleados del club, jugadores y entrenadores.
Por eso, pues, hay que lamentar lo que pasó con Bella Vista, una entidad con tradición e historia.
Sin embargo, es sano. Quizá para el reciclaje de la propia institución de Olivos, pero sobre todo como señal para el resto del fútbol: si la estructura del cuadro de barrio, casi familiar, no soporta las grandes exigencias del profesionalismo del siglo XXI, es perverso que otros -a quienes se les debe- tengan que bancar el desfasaje entre esa realidad y los sentimientos de los herederos de los precursores.
¿Y vos qué decís?
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