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Cada vez más banderas, más caras pintadas y más familiasLa fe en Uruguay es enorme
EDWARD PIÑÓN
Caminar rumbo al Centenario fue una oda sagrada a la Celeste. Familias enteras con la bandera pintada en la cara. Niños y niñas con el uniforme de la selección, abuelos avanzando abrazados junto a sus nietos. Madres exhibiendo con orgullo a sus bebes bien "celestitos".
La barra de la familia dirigiéndose rumbo al máximo escenario deportivo y con la bandera colgada al cuello. Los más chicos agitando en sus manos los emblemas recién comprados. Los más grandes sin la vieja vergüenza oriental y demostrando que por Uruguay vale todo. Por eso están las pelucas celestes, las amarillas y celestes, los paraguas uruguayos, los gorros más llamativos y todo lo que sea para que las cámaras de televisión registren su pasión por la camiseta.
Adentro, felicidad inmensa cuando se produjo el despliegue de las banderas gigantes. Aplausos y gritos descontrolados por el orgullo que se genera al ver que la exposición se realizó ordenadamente y sin trabas.
Faltaba otra perlita. Que llegó con el Himno Nacional. Atronadora fue la entonación desde las cuatro tribunas, mucho más cuando hubo que hacerles ver a los peruanos que "sabremos cumplir, sabremos cumplir".
Las manos extendiendo todas las banderas, para formar una especie de telón en las tribunas. Y todos moviéndolas, segundos después, para confirmar que se podrá cantar poco, pero lo que sobra es amor y fe por los muchachos.
Claro que el aliento llegó. Sobre todo cuando el grupo de peruanos de la América soltó un poco sus gargantas. El "¡U-ru-guay, U-ru-guay!" emergió desde el fondo del alma y el Centenario vibró como en sus tardes de títulos continentales. La gente respondió y los jugadores también. Porque los dos saludos (el inicial y el del final) desde el círculo central no hizo otra cosa que unir nuevamente a la gente con su selección.
Y al igual que otras jornadas, después de aquel fabuloso Mundial de Sudáfrica, el hit de la tribuna volvió a ser el "volveremos, volveremos, volveremos otra vez, volveremos a ser campeones, como la primera vez". Y lo cantan todos. Lo bailan todos. Lo sienten todos.
Es un deseo que crece con el paso de los partidos, que se fortalece a partir del hecho de que el equipo sigue jugando como al uruguayo le gusta. Dejando todo. Dando todo por la camiseta.
Salir del estadio fue una oda de amor a la Celeste. Todos contentos, todos unidos.
Ovación
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